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El hombre sentado en una mecedora (Parte 2)

La tortura duró varias horas: primero me amarraron a un tronco que estaba clavado en la tierra en medio del campamento, me quitaron la camisa, y me golpeaban con palos, piedras. De cuando en cuando disparaban sus armas cerca de mis pies, estaban divirtiéndose conmigo. Yo pensaba en ella, en Berenice, en mi amada, en mi hijo que lleva en su interior; en el rancho que nos esperaba para vivir y hacernos viejos en él. Trataba de no ver esos rostros llenos de costras de mugre, de carbón, miradas iracundas. Esperaba que el Mugroso no recordara a mi prometida...
-Bueno, princesa, es hora de que nos digas dónde está tu mujercita, tengo ganas de una hembra joven-rieron todos-.Te voy a torturar hasta que me lo digas, mira, para qué llegar a eso, es que ve, podré ser lo que tú quieras, pero me da un poquito de asco el ver partes humanas regadas por doquier. Vas hacer que me tape los ojos, pero ni así… porque el escuchar el ruido de los huesos al partirse me da como cosita.
-Jodete, Mugres, no te diré nada…
-Oh, ya vez cómo te pones. Todo en esta vida es negociación, los que se ponen necios pesados cómo tú ahora, esos, princesa, esos no duran.
Lo ignoré, cerré los ojos y bajé la cabeza.
-Terco, cómo quieras…
Lo primero que sentí fue el filo del machete recorriendo mis brazos, lo blandía el Desquiciado muy cerca de mis ojos, estaba buscando el lugar ideal donde iniciaría su carnicería, y justo cuando apreté los dientes, lanzó un machetazo ante las miradas sedientas de sangre, el Mugroso se cubría la cara riéndose, otros gritaban y lanzaban los sombreros al aire; otro se empinaba la botella de whisky. El machetazo  lo acertó a la altura del tobillo, solté un alarido infernal, todo mi cuerpo se estremeció y se adormeció. Mi cabeza fue taladrada por el dolor del hueso al partirse: la sangre brotaba y manchaba la tierra suelta, el Desquiciado reía y escupía tabaco, mientras yo no podía cerrar la boca del dolor, por un momento desmayé, pero cuando otro llegó y me clavó un cuchillo en el muslo, regresé a la escena dantesca. Casi inmediatamente, rociaron la pierna cortada con alcohol, no la habían cortado por completo, el machete se atoró en medio. Le prendieron fuego a la herida, cocinándola de inmediato; a lo lejos alcancé a escuchar que era para que no me desangrara: ahí me volví a desmayar, mi cerebro se desconectó. Cuando desperté, era de noche, y todos estaban reunidos alrededor de una fogata, comían, vi una bota tirada frente a mí, cuando logré despertar por completo, despejar las nebulosas formadas por la deshidratación, dolor y la seminconsciencia, miré mi pierna, di cuenta que me habían mutilado el pie izquierdo, por un momento agradecí que no hubiese sido el derecho, ¿por qué? Ni yo lo sé.
Un tipo se acercó y me abrió la boca, me hizo tomar whisky. Bebí sin resistirme hasta que mi cuerpo rechazó una parte: el efecto estaba hecho, la cabeza daba volteretas sobre mi mismo, la banda se multiplicaba como cucarachas, sentía como si en mi estómago hubiera un remolino que quisiera salir por mi boca. Mi cuerpo adormecido pedía una pierna nueva ahora que no podía sentir nada ni pensar con claridad. Solo alcancé a ver al Mugroso y su maldita risa de hiena salvaje; agitaba en el aire un papel; me miraba y hablaba, pero no entendía nada.
Cuando desperté, el Mugroso todavía estaba allí. Habían levantado el campamento. 
-Encontré la carta de tu prometida, oye, dile que para la otra, no ponga en dónde estará los próximos meses, más cuando su prometido es perseguido por unos perros hambrientos-el maldito encontró la carta que me mandó mi Berenice con su hermano. Él, hace ya una semana, me alcanzó en un pueblo donde siempre acostumbraba comprar provisiones antes de hacer un trabajo. No durmió, cabalgó toda la noche para encontrarme al amanecer y darme la carta en la que mi amada explicaba que debía ir urgentemente a “San Felipe”: su abuelo estaba agonizando y quería verla por última vez. Me escribió que se quedaría por dos semanas y que la alcanzara allí. Perra suerte.

-“San Felipe” está a pocas horas de aquí, y vamos a ir a visitarla, espero no te moleste que vayamos todos…-me dio una palmada en la espalda y me amarró al lomo del caballo.

Estaba muy débil, casi no podía abrir los ojos, no había tomado agua en muchas horas, estaba deshidratado, esperaba que Berenice no estuviese allí.
Llegamos de madrugada al pueblo. La banda del mugroso hacia disparos al aire, saquearon la tienda de víveres, entraron a la taberna y se escucharon disparos y un hombre salió por la puerta con un hoyo en el pecho, intentando respirar el aire que se escapaba por el boquete que tenía en el torso. Corrían detrás de las mujeres, que imploraban las dejasen en paz, a otros los lazaban como si fuesen reces y los arrastraban por toda el camino. Yo sabía que moriría si no me daban un poco de agua y algo de comida…
El Mugroso empezó a llamar a Berenice, preguntaba a punta de pistola al comerciante que estaba envuelto en una bata blanca que le dijera donde estaba Berenice, el hombre decía que no conocía a ninguna Berenice. Uno de los de la banda llegó y sin mediar palabra le disparo en la cabeza, el comerciante agonizaba sobre la tierra. El Mugroso formó una fila de hombres y mujeres, todos sacados de sus casas y de la taberna, los hincó y fue preguntando a uno por uno si sabían dónde estaba Berenice. Al lado del Mugroso iba otro con una pistola que iba ejecutando a los que decían “no”. Yo estaba aturdido, pero logré distinguir, entre la fila de hombres y mujeres, un rostro que se me hacía familiar.

-Tú, idiota, ¿sabes quién y dónde está Berenice?-Preguntó el Mugroso.
Después de dudarlo, y ya cuando el compinche del mugroso iba accionar su arma, dijo sí.
Sentí un rayo electrificado recorriendo mi cuerpo, levantaron a ese hombre y lo subieron a uno de los caballos. Seguimos el camino de tierra, no tardamos mucho hasta ver, a lo lejos, una luz; luz proveniente del rancho del abuelo de Berenice, sabía que todo estaba perdido. Iba pidiéndole perdón a Berenice en mi interior por todo, porque le había fallado y de qué manera. Lloraba por saber lo que le harían, por no poder protegerla.
Entramos en el rancho, al hombre de rostro familiar, le pidieron que tocara la puerta, éste lo hizo sin mediar palabra, la puerta se abrió y salió ella, mi amada Berenice.
-¿Es usted Berenice, damita?-El Mugroso se acercó a ella.
-Sí…-fue un sí al que imploraba se convirtiese en no, justo al llegar a los oídos del Mugroso que ya salivaba…
El Mugroso la tomó del brazo y la llevó conmigo, mientras los otros entraban a la casa y rompían ventanas y puertas.
-Mira, princesa, ¡la encontré! Esta hermosa-no tenía fuerzas para desatarme; musitando le pedí perdón, mientras ella al verme rompió en llanto, pero antes de que mi amada Berenice pudiese decirme algo, el Mugroso inmediatamente la aparto de mí.
Aquel hombre, al que habían obligado a punta de pistola que los llevase con Berenice, estaba hincado pidiendo clemencia, implorando por su vida que ya veía perdida entre su victimario, la bala en la recámara del arma. La luz del pórtico mostró ese rostro familiar, develo las formas y los modos, era su hermano, el hermano que me había dado la carta y apretaba los ojos de dolor por saber que todo era mi culpa, vi cómo el mugroso desnudaba a Berenice; ella gritaba y lloraba y me llamaba… me llamaba para que la ayudara, sus ojos se clavaban en mi corazón, pero yo no podía hacer nada…
Escuché un balazo y vi como la cabeza del hermano de Berenice se agitaba  y su cuerpo caía inerte sobre la madera chillona. A mí me bajaron del caballo y me tiraron sobre el pasto. El Desquiciado le gritó al Mugroso si ya era hora, éste estaba vuelto loco violando a mi Berenice, a mi amada, a mi mujer, a la madre de mi hijo y yo estaba tan débil…

-Mátalo ya…-dijo el Mugroso.

Sentí  una pedrada en la cabeza, pero a una velocidad superlativa, seguido de un gran estruendo que me paralizó, sentí húmedos los cabellos de la cabeza que explotaba en partes. Casi inmediatamente, después del tiro en la cabeza, vi a todos envueltos en risotadas y disparando al aire; el Mugroso se ajustaba el pantalón, vio mi cuerpo que yacía sobre el pasto, dijo algo así como: “te dije que me soltaras, novato, tuviste tu oportunidad y Dios sabe que la iba a cumplir”. Berenice estaba tirada sobre la tierra llorando, desnuda, frotándose el vientre.
No puedo evitar recordar, cada noche, lo sucedido. Aquí, sentado en esta vieja mecedora, 30 años después.
Sigo enamorado de ella como la primera vez, llorando por lo ocurrido; todas las noches, cuando ella se recuesta en su hundido colchón, me hincó ante su cama, y le pido perdón. He llegado a tirar vasos y hago que truene la madera, pero es sin querer, no quiero asustarla es solo que me duele tanto. Esta sola, perdió a mi hijo y eso hace que la herida en mi cabeza sangre, no me gusta, pero no sé cómo evitar sangrar. Todo el pueblo la ayuda, saben lo que ocurrió, y el dueño de la tienda de víveres, cada semana, le lleva lo necesario para que no le falte nada. Mi Berenice agradece con la cabeza, casi no habla; me habla más a mí: dice que regrese y que la lleve conmigo, que el dolor que siente es insoportable, que es inhumano cargar con esa tragedia ella sola.
Y yo solamente me acerco a ella sin poder tocarla ni hablarle y trato de consolarla, de pronto, en un arrebato, cojo la escopeta y trato de salir a un pie, en busca de esos malditos asesinos, y de ese malnacido que la violó, pero al querer salir del rancho, todo se nubla, me mareo, pierdo el conocimiento, y despierto sobre el pasto, el mismo pasto donde yacía mi cuerpo muerto.
Así que solamente puedo protegerla desde aquí, en esta casa, sentado en esta mecedora con la escopeta en la mano, viendo envejecer a mi Berenice, esperando el día en el que ella pueda verme, entonces sabré que podemos irnos.

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Les agradezco mucho la confianza que han tenido en nuestro trabajo desde hace ya 6 años que iniciamos con la revista, y les pido la extiendan a Capítulo Siete.


Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles