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El hombre sentado en una mecedora (Parte 1)

Esa tarde los rayos del sol eran como látigos ardientes que laceraban mi espalda sin compasión; recuerdo que cerca de ahí, había un pozo, una cubeta de madera roída por los años yacía entre el polvo y piedras a un costado del agujero pétreo. Me acerqué, tomé la cubeta con una cuerda, la amarré y la lancé al fondo del pozo. Halé la cuerda para sacar el balde; el agua se derramaba por las orillas, era una cubeta llena de vida: la mía. Bebí el líquido como el infeliz que camina ya sin fuerzas por el desierto donde la tierra carcome los ojos sangrantes. Me refresqué los labios partidos moribundos. Me quité el sombrero y metí la cabeza en el cubo que contenía mi oasis, sintiendo cómo el agua me acariciaba, me despertaba; empapé mi paliacate y lo froté en mi cuello, pecho y manos. Sonreí. Miré todo mí alrededor, únicamente podía ver montañas a lo lejos, veredas de tierra suelta con marcas de ruedas de carretas y pisadas de caballos. Era desolador, un páramo.
Para llegar aquí tuve que cabalgar, cálculo, unas 8 horas sin descanso; salí al amanecer del último pueblo donde dormí un poco y cargué provisiones y, según la pegada del sol, creo que pasa ya de medio día. Buen tiempo, no creo que lleguen tan rápido, no creo que puedan seguir mi ritmo. Una vez que termine con esto, llenaré mi cantimplora con agua, empaparé mi ropa, y emprenderé el camino entre las montañas -pensé-, si no me equivoco el pueblo de “La cuneta” debe estar pasando las montañas que se levantan frente a mí a unos cuantos kilómetros; ahí cobraré el dinero de la recompensa por este trabajo: compraré víveres, pasaré a tomarme un trago de whisky; cambiaré el caballo, compraré ropa nueva, me daré un baño y ya nadie podrá reconocerme.

-Te van alcanzar, y te van a torturar antes de colgarte…
Amarré el paliacate en el cuello y cubrí mi cara, escondía casi por completo el rostro, solo mis ojos quedaban expuestos, pero eran café oscuro, y todos por aquí los tienen igual así que, una vez con el cambio de ropa, seré uno más.
-Oye, oye, ¿en serio crees que podrás escapar? Son como sabuesos, son como perros hambrientos en busca de carne fresca, son más veloces que tú y conocen estos lugares como la palma de su mano, al igual que yo; no tienes escape. Mira, déjame ir, y les digo que hui, que no sé dónde estás, les diré que estoy desorientado y que perdí tu ubicación, ¿te parece? Te estoy haciendo un favor, muchacho, eres muy joven-dijo el hombre atado de pies y manos que estaba cubierto de tierra; tenía la barba crecida, sus labios agrietados, la lengua seca, los cabellos alborotados lacios, la cara sucia, daba la impresión de no haberse bañado en semanas.
A este tipo lo querían vivo o muerto, pero pagaban más si respiraba, tenía ganas de darle un tiro en la cabeza para que se callara, todo el camino era la misma historia, que sus amigos están rozándome los talones y que me matarán. Pero sí fue tan fácil capturarlo: lo seguí por un par de días hasta que se dio la oportunidad perfecta en esa taberna mientras jugaba blackjack. Entré sin mediar palabra, le di un tiro en la frente al primero que vi en la mesa donde estaba mi objetivo; todos se quedaron pasmados por un segundo, segundo que aproveché para perforarles el cráneo a los 3 restantes. Este mugroso solo levantó las manos y sonrió nerviosamente.
 Es verdad que es mi tercer trabajo y los anteriores habían sido ladrones de poca monta, ésta era la primera vez que iba sobre el cabecilla de una banda que aterrorizaba pueblo al que llegaran. Violan a las mujeres, destrozan las tabernas, saquean la tienda de víveres, son escoria. Aunque la verdad no siento que lo que hago es por hacer un bien, es más por el dinero, pagan mucho, y a mi prometida le juré que nos casaríamos en dos meses; está embarazada, y tengo que tener mucho dinero, la amo, es hermosa. Quiero comprarle un rancho y unas vacas para empezar, y este mugroso que tengo bajo mis pies, es mi regalo de bodas.
-Verdad, mugres, que eres mi regalo de bodas- lo pateé en la espalda sin mucha fuerza.
-¡Vete al diablo! No me pegues, no agregues más odio a mi canasto, cuidado, soy muy imaginativo. Tu prometida puede ser la próxima, sabes, nunca he violado a una embarazada, estaría rico, ¿no?-Soltó una risotada.
-Es hora de irnos, Mugres.
Evitaba pensar en que traía a un delincuente sobre el lomo de mi caballo, trataba de pensar en mi prometida, en el aroma a café molido, en sus besos dulces barnizados con miel. Eso ayudaba a mitigar el hedor que despedía este tipo, picaba la nariz y te dejaba un sabor en el paladar como a muerto. Una vez que hube de pasar las montañas, dormí un poco, a lo lejos podía ver el pueblo, entre vapores. Cerré los ojos, no hice fogata para no dar señales de vida, me cubrí con un par de cobijas, el frío mordisqueaba mis huesos, el mugroso imploraba que hiciera fuego o que lo arropara. Le aventé una piedra directo a su cabeza, ésta le pegó en la frente: retorciéndose el hombre buscó venganza cual perro bravo. “Fue para que te callaras, mi trabajo no contemplaba el soportar a quejumbrosos”: chilló como si lo estuviese matando, berreó por varios minutos. Me maldijo otros más, hasta que le amarré la boca con una tira que corté de su pantalón. Solamente así se cayó aunque sus ojos me injuriaban aun más que sus palabras.
Lo primero que vi al despertar fueron los dos orificios de una escopeta; me levantaron entre dos y me golpearon con la culata de una pistola en la cabeza, desmayé. De pronto despertaba, y veía siluetas a caballo a los costados. Yo iba recostado sobre el lomo de un caballo, seguía aturdido, volvía a dormir, estaba muy débil.
Desperté justo cuando llegamos a un campamento en medio de la nada, conté a unos 20 sujetos que abrazaban al Mugroso y le ofrecían licor. Me bajaron del caballo, y me dejaron tirado en el suelo toda esa noche; era imposible escapar: no podía desatar mis amarres. Esa noche se embriagaron, festejaban la liberación del mugroso. A la mañana siguiente el Mugroso se me acercó.
-Ay, ay, ay, mira nada más; te lo advertí, ¿sí o no, te lo advertí? Y ve ahora en qué lío te metiste, todo por unos pesos... Oye, ves a ese tipo que trae un machete en la mano y que viene con cara de pocos amigos hacia acá, pues le dicen el Desquiciado ¿y qué crees, princesa? Ese día en la taberna, recuerdas al que estaba chimuelo y gritando, al primerito que le diste el plomazo en la frente…Ya te acordaste-no dije nada. Miraba el machete contonearse casi frente a mis ojos-, ¡era su hermano!-el Mugroso se cayó al piso y reía, pataleaba.

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles