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Edicto


Búscala, que de mi cuerpo nada queda; los huesos, piel y vida convertidas en cenizas, regadas por el campo, y la tierra seca y fría ya es destino del cuerpo que llevaba el nombre del que has buscado por días. Te ruego, amigo mío, que entre las ramas secas, rotas, cargadas de hollín, no tientes más. Te juro ya no me encontrarás ni aunque recojas grano por grano ni te pierdas en los años venideros, tratando de formarme, y aun si logras mi silueta, de vida nada queda en esa tierra. Ve, dile a ella tu nombre, deja que el resto de tu cuerpo hable por ti, que ella sabrá reconocer el dolor de un amigo al ver que yo no estoy más aquí. Te contará de brujos y brujas de los que nunca formé parte, de falsas profecías que a mi boca metieron por puños para finalmente condenarme. No sufras cuando las llamas aparezcan en la boca de ella y describa cómo el humo me cubría todo, junto con el crujir de la leña y el crepitar de mis gritos. Ahí, te pido la detengas, abrázala, susúrrale que te he mandado a cuidarla, amala cómo algún día yo lo hice; has que no sufra más por mi perdida y suplanta mi amor por ella. Es edicto lo que he dicho desde una ciudad eterna.

Comentarios

  1. Estremecedora historia, Juan!!! Genial la manera de narrarla, como un edicto. Al terminar de leer me quedé pensativa, imaginando todo y elucubrando conjeturas posibles. ¡Buenísimooooooooooooooo!!! Un beso grande!!

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