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Singular personaje

Al despertar, después de haber pasado el sueño de la expulsión, veo las arrugas en su rostro, pliegues que bajan por sus pómulos; en su frente: surcos, tal vez, por el ir y venir de pensamientos que durante mucho tiempo lo han marcado. Han dejado su huella para la posteridad. No sé, pero según me han contado, por eso los animales no tienen arrugas en la frente: “Es que ellos no piensan y como no piensan pues no tienen surcada la frente” -decían las arriesgadas-. Pues sí, puede ser, y bueno, tampoco me creo todo lo que dicen las que se arriesgan, las que van más allá de lo que podemos ver. De cuando en cuando veía cómo se internaban en dos túneles oscuros que bajaban como en tobogán, eso decían, que bajaban como si fuese un tobogán, y que ahí conversaban con dos cosas redondas, como esferas. En ese momento no sabía qué era una esfera, pero las arriesgadas siempre terminaban aclarándolo todo.
Las arriesgadas siempre tenían una respuesta, pues nos platicaban que esas esferas conocían el exterior como la palma de su mano. ”Son, esferitas, o sea redondas” decían las arriesgadas…¿Una cosa redonda? La verdad yo no entendí hasta que, una de ellas, me señaló a una de mis compañeras, me dijo, mira, ella es redonda y es como una esfera, pues así son las que nos platican cosas…La explicación, según yo, fue clara, y ahora que tengo este rostro frente a mí, veo dos cosas redondas en su cara, supongo que esas son las que le cuentan cosas a las arriesgadas. Son extrañas, siento miedo, porque se me acercan demasiado.
Aquí no puedo moverme mucho, las arriesgadas me advirtieron que era normal, que una vez afuera, no podría moverme cómo lo hacía allí dentro, y que sentiría una incertidumbre enfermiza, hasta que llegara el momento de pasar a la última etapa que dicta nuestra naturaleza.
Las esferas se acercaron más, estaban como escudadas por dos piezas, igualmente redondas pero transparentes; al tiempo que otra pieza, oblonga con una punta negra, se acercó tanto a mí, que sentí un escalofrío; pero la punta se desvió, y se posó encima de mi curvatura, dejando una mancha alargada muy pequeña. Miré a mí alrededor. Vi a infinidad de amigas mías: redondas, alargadas; otras como yo, casi esféricas si no fuera porque en vez de que, una de mis puntas terminara por cerrar la esfera, se ha metido en medio de mí. Otras que están aquí, son muy raras de ver: tienen dos líneas horizontales, una arriba y otra abajo, en medio lleva una línea más, pero en diagonal que sirve para unirlas; también veo a las alargadas con copete, las onduladas, en fin ¡Es maravilloso! Todas se mueven, todas están descubriendo el mundo, así como yo ahora. Todas nos miramos y temblamos. ¡No lo puedo creer! Vaya, esto es en verdad la vida, y ahora soy parte…

Cuando el viejo terminó de escribir, y con un punto marcó el final de su relato; las letras se entrelazaron, dejaron de moverse. Sintieron cómo la historia recorría sus líneas. Una historia creada por ellas, por las maravillosas letras que ahora descansan sobre el papel. Completando su última etapa: la inmortalidad.

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Sobre la obra, La Jornada Jalisco dijo lo siguiente: “"El autor añadió que percibió este relato y su forma de narrarlo como potencialidad creativa, que debía resolver escribiendo las palabras de Octavio. Su proceso creativo lo relacionó con la angustia, como un presagio que le llega repentino. Octavio es un personaje que ya había aparecido en relatos escritos con anterioridad y que se presenta como “necesidad de sacar la sensación del pecho sin saber una trama”, de allí el tono poético en el que presenta la novela. La escritura es para Mireles un conjunto catártico de experiencias". 
Fragmentos:
I
“Hay un silencio, uno de esos silencios de vacío, como los que se producen inmediatamente después de la muerte, de la violenta, después de detonaciones y un cuerpo fantasma que cae del otro lado de la calle, y el silencio ese del que hablo, y no hay nada y más nada …