
Alguno que otro poema
andando por ahí
de pronto,
en modo extrañado,
languideciendo en
lentas formas –silueta que no sabe si caer-,
ve, allá, en el pórtico
a un hombre cruento:
que clava una pluma que
chorrea algo que le es familiar sobre sí mismo.
Va, y tan pronto en el
andar, se van partes de ese poema taciturno, y
sobre rodillas, ante el
ojo cíclico del sol, lanza sus ojos hacia el hombre:
“Casi ya no soy, y nada
más tú quedas” soltó el poeta a grito sobre viento.
“Tan cierto como que te
has ido”, el poema respondió al parpadeo, echado cuán largo es sobre la hoja.
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