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Sobre la soledad y la amistad


Sabemos que estamos solos cuando nos encontramos rodeados de gente. En ocasiones es lastimoso ver con qué afán se busca la compañía, porque no se toleran, no son uno mismo. Es pensamiento contra cuerpo, raciocinio contra deseo. La soledad puede causar severos problemas de salud, alteraciones en el estado mental e incluso la muerte cuando se está poco preparado; cuando no se es amigo de uno mismo. Porque hay que ser justo: estar en sincronía con lo que se quiere y se hace; hay que ser padre, madre, amigo, compañero, hermano de uno mismo para no sufrir nunca más, la soledad. 
El alcohol y las drogas son como un cubo de hielo que ocupa ese espacio vacío, que se va derritiendo en poco tiempo y, al final, el agujero que se intentó tapar, sigue siendo una ventana para que la soledad se asome. Los centros nocturnos: bares, antros, cantinas, table dance, etcétera; son lugares llenos de solitarios con caretas de rostros sonrientes. Es un eufemismo al dolor de saber que no pueden tolerarse. Siempre en búsqueda de sus iguales para sentir que no son los únicos que padecen esos síntomas. Las risotadas, las palmadas, los te quiero, los amigo mio, los abrazos de piernas tambaleantes; las bocas desconocidas que se rozan, las lenguas juguetonas que se entrelazan por segundos y jamás se vuelven a sentir; los cantos que se desgarran al contacto con el recuerdo de la amada, son gritos desesperados hacia la nada; es el llanto transformado en palabras en busca de un samaritano que sea capaz de descifrar su infortunio, y entonces ayudarlo en ese lastimoso proceso para eliminar la soledad. ¿Cuántas muertes se evitarían al lograr la sinergia entre alma y cuerpo, deseo y razón, querer y convicción? Si bien es cierto que entiendo a la soledad como un ente inmortal, al lograr esa amistad individual, podemos ignorarla, no porque no seamos capaces de verla y de sentirla, sino por el hecho de saber que ya no puede dañarnos. 
El proceso para ser amigo de uno mismo lleva tiempo, hay que alimentar al alma con vivencias digeridas y procesadas, éstas se convertirán en experiencias una vez que seamos capaces de entender, en su totalidad, la acción realizada. Debemos ir moldeando cada uno de nuestros sentidos: la vista debe admirar la belleza pero no desearla; los oídos deben dejar pasar la buena música que hace que los sentimientos dancen, salgan de lo más profundo del alma. Hay que educar al paladar para degustar los alimentos con buen sabor y desechar aquellos que nos produzcan sensaciones contrarias a lo bueno. Igualmente el olfato debe aprender a diferenciar los distintos aromas y, mostrar siempre, gusto por las fragancias que acarician y dejar pasar y, hasta aborrecer, los malos aromas. El tacto es una simple herramienta del pensamiento, es el arma que tiene el cuerpo para hacer o deshacer. Y el pensamiento es el que aprovechará todo lo que los sentidos le ofrezcan; en él, habitan la razón y el deseo en un batalla encarnizada donde siempre termina por imponerse uno de los dos; pero que en un individuo en búsqueda de lo justo, que cultiva y forma sus sentidos gracias a sus valores y a las acciones bien entendidas, el pensamiento levantará la mano de la razón en muchas más ocasiones. El buscar lo justo es un proceso evolutivo que nos ofrece la naturaleza como seguro de vida: la evolución da vida porque es justa, solamente en lo justo encontramos lo bueno y en lo bueno encontramos la vida. En lo injusto encontraremos lo malo y en lo malo la involución y en la involución la muerte no solo terrenal sino espiritual: es un absoluto que no debe temer el justo pues este no sabrá nada sobre la muerte.  

Desdichados aquellos que son injustos; tienen falsas amistades; el deseo, los domina; la ambición, los vuelve locos; la mentira, su mejor arma; la violencia, su forma de expresión. Ellos están destinados al fracaso individual y colectivo. Nunca conocerán ni entenderán la amistad. Morirán siendo enemigos de si mismos, y lastimosamente, no se darán cuenta de ello, aun y cuando la muerte toque a su puerta, porque el llanto será a causa del miedo y no producto de una reflexión concienzuda. Solo el justo conocerá la verdadera amistad: buscará a sus iguales y sabrá reconocerlos porque quién se conoce, conoce a los demás. El justo no pedirá amor a los otros, pues ya se sabe amado por el mismo.

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