Ir al contenido principal

La incredulidad de Santo Tomás


-Al igual que Santo Tomás escudriñé en el cuerpo de Cristo, como en la pintura de Caravaggio, ahí mismo donde la lanza de Longino hizo brotar sangre y agua del lacerado y débil torso de Jesús. Busqué lo divino, lo mágico, lo espiritual, lo fantástico. Sé que me dirás que perdí el tiempo, pero en verdad quería ir más allá de lo establecido. Preguntarme el por qué se dijo hijo de Dios. Por qué de su entrega a los humanos aun sabiendo lo que iba a sufrir. Si no recuerdo mal, tú le diste una salida, allá en el Monte de los Olivos, cuando Cristo lloró por lo que se avecinaba. Estabas ahí, como lo estas conmigo ahora; abriste una puerta para que Jesús corriera y escapara, pero este la cerró al momento de secarse las lagrimas que escurrían por sus pómulos con su túnica blanca, y en ese momento tu rostro se descompuso, el dolor en el estomago te dobló; escurría baba por las comisuras de una boca que se negaba a abrirse. Lo viste marcharse y entregarse a los soldados que ya esperaban.


-No…


-Serpenteabas entre Barrabas y Cristo cuando estaba la votación publica para liberar a uno de ellos. Paseabas por sus cuellos y te metías por sus ropas, solo por diversión, pero el lánguido hombre débil, con hilillos de sangre escurriendo por su frente, aunque veía como reptabas, te ignoraba. Tus ojos se clavaban en el hombre que llevaba una corona de espinas y reías, y te parabas como cobra real frente a él y el veneno escurría de tus colmillos… Pero ese hombre ni te miró.


-No…


-Cuando azotaban la espalda sanguinolenta del mártir: eras el látigo y la punta tus colmillos: la piel y la sangre colgaban de estos. Querías asegurarte de que sufriera, que alzara la vista y pidiera piedad a gritos y así rendirse, pero no lo lograste. Y un chillido reventó los tímpanos de la multitud: grito confundido por el martillo del herrero que golpeaba el hierro rojizo contra el yunque; y éste lloraba por ver el sufrimiento de un hombre, de solo eso, de un hombre. Ese alarido era el tuyo…


-No…


-En la cruz viste el castigo cuando soltó el último suspiro el hombre atravesado por una lanza que eras tú, serpiente de cabeza con punta de hierro…


-No…


-Y ahora, cuando estoy amarrado como un perro, tirado en la tierra, mirando a una multitud enardecida que quiere desmembrarme vivo, gracias a la malicia de un tirano que me observa con locura, que ha dicho que soy todo lo que no puedo ser porque eso me haría ser tú y yo lo veo a él y creo que su rostro se reflaje en el tuyo, pero niegas, cabeza de serpiente, y veo la puerta que me abres para poder escapar del castigo que me quiere imponer un tirano que tiene doblegado a una multitud que no sabe que lo esta…


-Sal, escapa, déjame quitarte esta carga que yace sobre tus hombros… Déjame apartar de ti esa falsa idea de salvar al prójimo -la serpiente era una mezcla de rostros quejosos, con costras de sangre que se formaban en su cabeza; se levantaba cuan larga era y miraba al hombre que permanecía amarrado, desde las alturas. La serpiente era enorme y gorda. Producía sonidos extraños que iban de lo agudo a lo grave y de lo grave a entrecortarse las palabras-, sabes que es imposible, tarea banal, empresa destinada al fracaso, inicio sin meta, principio y tragedia que inicia ahora…


-Tal vez, cuando tengan mi cuerpo en sus manos, sientan mi sangre en sus rostros, se den cuenta que soy solo un hombre, que lo que realmente sobrevive rebotando en su cabeza son mis palabras; palabras que piden con humildad un oído para ser escuchadas y sobrevivir en estos, esperando que lo que escuchen, sea lo suficientemente fuerte para despertarlos y hacer que levanten la cara y vean al pequeño e ínfimo gobernante que los ha mantenido con la cabeza gacha, a causa de una voz que parecía ser la de un gigante, pero que realmente habla a través de un parlante, y debajo de su túnica roja hay unos maderos que hacen de zancos.


-Necio…


-Creo en verdad en lo que voy hacer, por fin he encontrado la magia, lo divino, lo espiritual, lo eterno, tal como lo hizo ese hombre que fue clavado en la cruz, aun sabiendo el sufrimiento que le esperaba y que me espera…-con su cuerpo desnudo, el hombre, alcanzó a hablar antes que la primera piedra le golpeara la cara-. Cierra la puerta, satanás, que por ahí nadie pasará esta noche, al fin ya sabes cómo hacerlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Algún cadáver

Fragmentos de mi novela Yo (el otro) Octavio

Foto de Casa Teodora
Quiero compartirles algunos fragmentos de mi novela Yo (el otro) Octavio (Ediciones El Viaje. 2014).
Sobre la obra, La Jornada Jalisco dijo lo siguiente: “"El autor añadió que percibió este relato y su forma de narrarlo como potencialidad creativa, que debía resolver escribiendo las palabras de Octavio. Su proceso creativo lo relacionó con la angustia, como un presagio que le llega repentino. Octavio es un personaje que ya había aparecido en relatos escritos con anterioridad y que se presenta como “necesidad de sacar la sensación del pecho sin saber una trama”, de allí el tono poético en el que presenta la novela. La escritura es para Mireles un conjunto catártico de experiencias". 
Fragmentos:
I
“Hay un silencio, uno de esos silencios de vacío, como los que se producen inmediatamente después de la muerte, de la violenta, después de detonaciones y un cuerpo fantasma que cae del otro lado de la calle, y el silencio ese del que hablo, y no hay nada y más nada …

Alguna vez frente al mar