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El enterrador de gritos


Los maderos ardían frente al enterrador. Lo negro devorando todo rastro de luz, envolvía la noche. El fuego se aviva al sentir el aire insomne, formando brazos filiformes sobre la tierra negra y fría. Brazos que buscaban desprenderse de ese lugar, de ese fuego que los engullía a cada segundo. El enterrador seguía cavando. De cuando en cuando se secaba el sudor de su frente con la manga de su chamarra. Jadeaba por el esfuerzo de clavar la pala sobre la tierra: ya faltaba poco para que el hoyo fuese lo suficientemente profundo como para ahogar los gritos de los difuntos.
Él dice que los muertos gritan por las noches, pasaditas las 3 de la madrugada. Cuenta que lo despiertan en la madurez de la noche, y que le entra un miedo que le carcome el alma: se lleva sus manos a los oídos para no escuchar los gritos; decía que por eso cavaba cada vez más profundo, para ya no escuchar los gemidos y los alaridos de los cadáveres, pero hasta ahora no lograba mitigar aquello. Los habitantes del pueblo hablan de que Pancho está loco, que sufre de paranoia, pero que es inofensivo y yo lo creo también, él es incapaz de hacer algo malo. “De repente se asusta y corre y se va y se pierde en el monte”, eso le dijo el dueño de la taberna del pueblo a la policía el otro día que llegaron los de la ciudad a hacer preguntas acerca de los desaparecidos. Sí, ha habido mucha gente desaparecida, la ultima no hace mucho, eh, tendrá una semana; fue la muchachita Rosa, la hija del tendero. Ahí, veía a la pobre madre gritando por su hija, y dicen que esa fue la gota que derramó el vaso, que por eso está aquí la policía. Me contó doña Juana que disque don Robles, el papá de la señorita Rosa, es conocido de un comandante de la policía que trabaja allá en la ciudad, y por eso es que están aquí, y andan preguntando mucho por Pancho, pero pues si ese pobre no tiene ni fuerzas ni las agallas para robar a nadie y mucho menos pensar en matar; ya les dije a los policías, así como a usted le digo: el que se esté llevando a esa gente, no es Pancho.
El enterrador tiró a un lado la pala y, con gran esfuerzo, salió del hoyo que había cavado; lo había hecho lo suficientemente profundo como para evitar escuchar los gritos de los muertos. Los labios los tenía secos, el rostro endurecido y árido, sus ojos enrojecidos por la tierra y sus manos ampolladas. Paró frente a la mujer que estaba tirada sobre la tierra, atada de pies y manos, con un hilillo de sangre saliendo de entre su cabello negro como la noche. El enterrador la cargó y la puso sobre su hombro; con dificultad caminó hasta la orilla de la tumba virgen: la aventó al hoyo. La joven cayó y del golpe despertó; estaba desorientada, quería gritar, pero tenía la boca tapada con cinta. Vio a un hombre parado frente a ella; un hombre atormentado que se halaba los cabellos, se golpeaba la cabeza y musitaba: “Dejen de chillar, dejen de chillar”. La joven entró en pánico al sentir la tierra húmeda sobre su rostro y su cuerpo. Sentía los gusanos recorrer sus piernas, las piedras sobre su estomago, y sintió al final, el peso de la muerte sobre ella.


Miré, ahí viene Pancho, no le digo que es inofensivo, véalo, todo escuálido; nombre, ese no le hace nada a nadie…
-¿Pancho es el velador del cementerio?
-Ese mismo, y también es el que entierra a los difuntitos.
El comandante terminó de comerse sus huevos revueltos con chilaquiles verdes; pagó la cuenta y se despidió del viejo; éste se levantó de la silla, apoyándose en su bastón y, a gritos, le habló a su nieto para que viniese a recoger los platos sucios. El viejo miró cómo se acercaba el comandante a Pancho… Esa fue la última vez que los vio en el pueblo.  

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