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Sobre el movimiento y la evolución



Entender la vida, el mundo, el infinito, Dios, el Ser, es muy difícil y ha sido cavilado, estudiado, desmenuzado por muchos pensadores a través de la historia. Grandes filósofos han logrado obtener respuestas pero inmediatamente aparecen más y más preguntas que terminan por consumir la vida de éstos y en el aire quedan esas incógnitas que serán pescadas por otros que tratarán de resolverlas; pero una vez más el tiempo consume los cuerpos y vuelven a flotar esas ideas que llevan un signo de interrogación. 

Qué difícil, ¿no? Saber que esta vida no alcanzará para entender ni la mínima parte de lo que somos, de nuestra realidad, de nuestro mundo, de nuestro país. Hay una cosa cierta, una verdad absoluta: existe la evolución y que ésta, como la energía, no se destruye solo se transforma. La evolución no se detiene por nada ni por nadie, es un mecanismo vital que existe en la tierra y en el universo, es su motor que mantiene viva toda especie humana. A su vez la evolución tiene su propio corazón, que no es otra cosa más que el tiempo. Entonces puedo decir que la vida es evolución y en ella habito. Si queremos darle una representación gráfica a ésta, podríamos trazarla como un gran tren que nunca se detiene, pero que tiene la particularidad de que podemos bajarnos en el momento que lo queramos. Esa particularidad de la que gozamos es el libre albedrio, la libertad a decidir. La evolución no se rige bajo un régimen dictatorial ni gobierna bajo la bandera de la tiranía, si fuese así sería imperfecta y en la imperfección está lo malo, y lo malo no existe en lo natural, en la naturaleza, en la creación. En el entendido de que somos imperfectos porque estamos hechos a base de dos cosas: cuerpo y pensamiento, intangible y tangible, y sin una no podemos ser la otra, y en una cosa que, para subsistir necesita de otro componente, no es perfecto,  como bien decía Descartes; entonces nos sabemos vulnerables al error. San Agustín no entendió del todo a la evolución pues en sus Confesiones se avergüenza de los errores cometidos en su infancia, adolescencia y adultez temprana. Eran recuerdos dolorosos que seguían molestándolo y que lo hacían vulnerable ante un Dios represor, castigador en el que él creía. Pero, San Agustín tenía su penitencia en su idea errónea acerca de Dios. Aristóteles nos ayuda en este entendimiento cuando dice que en Dios no hay movimiento pues en el movimiento hay posibilidad de error y en el error está la imperfección y Dios no es imperfecto pues entonces dejaría de ser Dios. Ah, pero entonces podríamos preguntarnos y con razón: ¿si el movimiento es error, y la evolución está en un movimiento eterno, entonces la evolución es imperfecta? La evolución no podría ser nunca imperfecta porque nunca cae en el error por el simple hecho de que es sólo un mecanismo y no un ente racional. El movimiento per se no es error, sino aquel en el que se ejerce. Y como el movimiento se conduce dependiendo de lo que desea el que lo acciona, y quien acciona piensa y quien piensa es racional, entonces por ello el ser humano erra. Y por está razón Dios no se mueve, pues él es el “pensamiento del pensamiento”, es la idea original, es el primer pensamiento, y como es un pensamiento constante se niega a moverse para evitar caer en el error, pues el día que Dios se mueva quedaremos huérfanos.

Ahora sé por qué erro, por qué el ser humano erra y todos erramos. Aparte de saber que mi pensamiento es imperfecto pues somos solamente una parte del pensamiento perfecto. Y como bien pensó Descartes al decir que nos sabemos imperfectos de pensamiento por tener dudas, entonces llego al punto donde entiendo para qué sirve la evolución. Ese sistema bajo el cual nos regimos todos los que habitamos el universo, es la ayuda y la respuesta que nos da el pensamiento perfecto, es la base en la cual transitaremos para llegar a un punto en el cual ya no tendremos dudas y en ese momento seremos perfectos. Pues es Dios el que nos invita a ser como él: perfectos, pero entiendo que él algún día no fue Dios si no algo de rango más bajo, pues al que se esfuerza por conseguir algo y pasa todas las etapas para conseguir la perfección, sabe lo que necesitan los demás para conseguirla. Ya que aquel que se le ha dado todo desde un inicio, aquel que nace perfecto, será incapaz de conocer y enseñar los mecanismos y trabajos necesarios que se necesitan para conseguir la plenitud de la belleza que es la perfección, y que ésta a su vez, es la inmortalidad del alma, del pensamiento. Dios algún día no fue y hoy es gracias a la evolución. Y esto nos lleva a pensar seriamente en que es muy posible, que a través del tiempo, hemos sido regidos por diferentes dioses y, que como dioses que son, se han dado cuenta que en la perpetuidad del poder no está la felicidad, y en cambio está la tiranía que es la imperfección en su máxima expresión.

Como hemos visto anteriormente, la evolución no muere sólo se transforma, y esa transformación depende únicamente de nosotros los que pensamos. Nuestra realidad, lo que estamos viviendo ahora, es el resultado de nuestros propios errores. Es la resultante de un pensamiento poco trabajado, porque éste ha decidido que el tiempo es en realidad lo que rige y existe, y éste es el que transforma todo. Y el ser humano tiende a creer que el tiempo piensa, que por sí mismo va a salir adelante, que tiene un mecanismo de autoayuda, que se regenera constantemente y el resultado de su acción es la felicidad de todos nosotros. No es así. 
Hemos visto que en el movimiento y en el tiempo no hay pensamiento, son solo sistemas que existen y están, y que los que verdaderamente somos capaces de cambiar nuestra realidad somos nosotros mismos, los seres humanos, los que pensamos, los racionales. La involución social es lo que hemos engendrado por generaciones y, si queremos detener esta inercia, debemos comenzar ya. Pensando de aquí a cincuenta o cien años, para ver los resultados.

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles