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Alguna vez nos engañamos



No recuerdo que sonriera mucho, un par de veces quizás; y solo una de esas veces en la que alguna tontería tuve que decirle, la hizo sentirse un poco más cercana a mí, de esos momentos escasos, porque siempre fuimos un tanto de amor de lejos, en la distancia, como en una suerte de protección, de modernidad. 


Tampoco recuerdo haber sonreído lo suficiente, ni para ella ni para mí, todo fue más un cierto tipo de ausencia, eso que nombrábamos poco, esa relación que nos costaba siquiera darle un sentido, un carácter que nos hiciera maduros, que nos juntara a cierto tiempo. 


Fuimos apenas algún deseo, alguna idea, un querer poco desarrollada, tal vez nos alcanzaron las cosas anteriores, los vicios de otros, las inseguridades de otros, los traumas producidos por otros, las derrotas. 


Demasiado adultos, nos vivimos quizá desde una edad que no nos correspondía, no permitimos que los elementos se alinearan de la forma correcta, intentamos modificar el rumbo, algo que no nos correspondía, algo que no era nuestro, pero y el ego, pero el sentirnos de mucho pasado, de saberlo todo, de creer que se puede estructurar el aire, aquello que todavía no es, y te digo que fue por eso que no terminamos por enamorarnos, fue un intento muy de un ser superior, de una evolución que se caía en la forma en que teníamos intimidad. 


Nunca dejamos de ser animales y nosotros tan creernos dioses, tan genios, tan armadores del futuro que nunca llegó a ocurrir, y lo percibimos, porque éramos sensibles a todo lo que ocurría a nuestro alrededor y a lo nuestro, ¿en qué momento supimos que hablarnos era perder el tiempo, era desgastarse? 


Habría sido mejor evitarse el “hola” y la contestación y el querer conocer al otro, no tenía caso. Pero nos gustó engañarnos, y tal vez, todo ocurre de esa misma manera, todo lo que hacemos, absolutamente. Porque vivir es eso, ¿no? Vivir es saber que se haga lo que se haga, terminará por irse de nuestras manos, por perderse; y quién sabe si en la muerte podremos reconocernos. 


Quién sabe si acaso nunca nos demos cuenta de este gran engaño, el de la vida; y tú, de lo que intentamos.


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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles