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Las reconfiguraciones



Adónde ir cuando sales a la calle con el suéter al revés. Los zapatos dándose cuenta en cada uno de sus pasos que están mal puestos, que uno debe ir donde va el otro y viceversa. El cabello debería, de una manera natural, acomodarse en caída al lado derecho pero no es así, va echado atrás, como viendo lo que ha dejado, añorándolo. Sigue una plática y otra y otra y se da cuenta que nadie logra entender lo que está diciendo: “¿qué dice?” “¿es una broma?”, “Discúlpeme pero llevo prisa y usted me está haciendo perder mi tiempo”. Sigue y toma el café pero éste se derrama encima del mostrador porque resulta que quiso tomárselo de la única manera que no podía hacerlo. No parecía demasiado impresionado el hombre que ya empezaba a caminar hacia atrás. Las cosas sucedían ahora desde una perspectiva distinta. 

Las personas caminaban a su lado y él las veía irse, como huyéndose de ese lugar al que tantos otros iban. La boca se torcía de forma lentificada. Los dientes cambiaron su posición original, la nueva mordida inquietaba. Volvió a su casa convencido de que la rareza de esa salida podía deberse al smog o al caos o a las noticias de la mañana o a la tapa del periódico que hojeó en el puesto de periódicos de la esquina. Se sentó a escribir el sinsentido de esa mañana que debía ser como las anteriores. 

Recapituló cada uno de sus movimientos. Desde el primer momento que abrió los ojos, hasta el ahora que era estar sentado frente a la computadora dispuesto a narrarse lo que hubo vivido hacía unos minutos. Para nada le causó una sensación de terror el verse en el espejo y no reconocerse. Aquello, después de todo no era tan irreal como pudiese pensarse. Su rostro era una especie de revuelta de elementos; es decir, los ojos, la nariz, los pómulos, la boca, las pestañas, los párpados, los cachetes, buscaban una nueva forma de ser, de verse: un reacomodo en apariencia absolutamente necesario, según pensó el hombre. Después de todo si su rostro quería ser otro rostro estaba muy bien. La naturaleza no se equivoca, pensó. Y es que la naturaleza de este hombre es un tanto distinta, fuera del orden, un salta muros, un moderno empedernido pues con cada nueva idea escindía su realidad.

Se despidió de su forma original como quien le dice adiós a un amigo muy querido. Nos volveremos a encontrar en mis recuerdos, le dijo al rostro anterior que ya había dejado de ser. Palpó su nueva cara que todavía estaba desarrollándose. Me refiero a que era como cuando te pones de frente al espejo y quedas mirándote directamente a los ojos del otro que se refleja y entonces todo cambia, y te empiezas a deshacer o te deslavas o te deformas o tal vez es sólo que el espejo nos despoja de las máscaras que usamos a diario para poder vivir en sociedad.

Y el hombre dejó que todas las piezas de su cuerpo encontraran su espacio, su nueva estética. 

Le costó un poco de trabajo aprender a escribir con los nudillos y es porque las manos todavía no lograban encontrar su dirección correcta, estaban al revés, o sea con el dorso viendo hacia el hombre que escribía ya en otro tipo de idioma. Pero no un idioma conocido, uno nuevo, como una reinvención del lenguaje; es decir, también le encontraba nuevos sentidos a las palabras, nuevos significados. 

Tiempo después se levantó de la silla, ya con la crónica de su mañana terminada, se volvió hacia mí. Al verme se asombró, era como si hubiese sido testigo de un milagro o como si estuviese seguro de haber desvelado algún misterio –su expresión de sorpresa aún se pudo ver en ese rostro reorganizado—, que no tardó en volver a la computadora, a sentarse y narrar aquello. 

En eso estaba, en los asuntos de palparme la cara y toquetearme el cuerpo, mirar por encima de mi hombre para ver si no había otra persona atrás de mí, me refiero a que yo quería saber el porqué de su sorpresa, y de pronto, cuando alcé la vista para verlo, el hombre dejó de habitar el mismo espacio que yo. Se fue sin irse. Como si se hubiese desvanecido o algo así. La habitación se vació de él y no supe ni en qué momento ocurrió tal cosa.

Me puse a pensar ¿qué era lo que había visto en un tipo como yo al que amablemente le dejaba hacerle el aseo a su departamento dos veces por semana por unos cuantos pesos? De pronto mi curiosidad naturalmente ganó. Fui al espejo y, no puedo negarlo, al principio sentí miedo: mis hombros estaban en el sentido contrario, mis orejas estaban invertidas. No lograba enfocar bien la vista o era acaso porque todo estaba moviéndose con sigilo. Como tomándose el tiempo necesario para alcanzar el cambio de posición de ciertas partes de mi cuerpo. Di unos pasos hacia atrás. Mis pies parecían esconderse dentro del espacio dejado entre las piernas. Era tan increíblemente distinto que tuve que sentarme en el lugar del hombre que escribe. Así me refería a él: “trabajo para el hombre que escribe”. 

Empecé a teclear y a dejar constancia de lo que estaba viviendo, de lo que vi, y de lo que seguía sucediéndose. Todavía no entiendo bien por qué está pasando todo esto. ¿Es porque vi su transformación? ¿Me contagió de algo que todavía no se nombra porque no se conoce? No sé, no lo sé.

Antes de terminar el texto me asomé a una de las ventanas que daba hacia la calle. Y lo que vi me descolocó, fue una revelación que en ráfaga se clavó muy dentro de mí: toda la gente estaba reconfigurándose. Así como le ocurrió al hombre que escribe, así como a mí me está ocurriendo. Grité que no se preocuparan que estaba bien. No sé por qué les dije eso, si nadie parecía estar aterrado, sí sorprendidos. Volví a la máquina para escribir esto último. En cualquier momento me iré como lo hizo el hombre que escribe. Se debe dejar constancia de los hechos. Otro testimonio. Me iré sin irme. Contagiado de algo que acaso se me desvelará muy pronto.

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