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La sustancia que habitó a un hombre


Basta de andar, andar, errante, por todos lados, sin saber a dónde ir, y por qué ir, para qué estar: toda mi vida me he sentido exiliado del mundo. Ya no, no, no: quiero largarme, irme, irme conmigo.

“Es ir al encuentro, no a la búsqueda”. Claro, claro, sí, sí. El viejo lo dijo, el viejo, un viejo, el pintor, uno de antes, de los de antes, ah. El encuentro, no la búsqueda, el encuentro, no la búsqueda, el encuentro, no la búsqueda, el encuentro, no la búsqueda: sí. Es de esa manera. Sí, de esa manera. De todas las maneras es la única manera. Es la forma. Es todas las formas en una sola forma de “encuentro”. Un encuentro al que se va seguro, se sabe que está, se sabe allí, en algún eclipse de tiempo, de la sustancia tiempo, no de mi tiempo, ni de estos tiempos, no de los del hombre, no de los de todos los hombres, no. La búsqueda no, porque si así fuese no sabría bien a bien si lo que busco estará, habría duda, posible error. No quiero errar, no puedo errar, no en este punto. Cuando cualquiera va al encuentro con algo, va con la seguridad de que ese encuentro se dará, porque el A existe tanto como el B, pero en la búsqueda solamente lo seguro es A, y el B es una incógnita. B, hay B, hay, que lo hay, que lo han descubierto los filósofos, que sí, que no hay duda. Sí, sí, ahí, allá, pasando la calle, en el firmamento, las ramas del árbol asomadas por mi ventana, en el rostro de alguien que se desfigura en un instante de algo, solamente quedarse mirando fijamente hacia adentro, abstracción de una pureza indescriptible, ese estado de no sentir, de no ser, de la nada creada, de la nada creada, de la creada nada, y esa nada se consigue y es mi pedazo de eternidad y son todos pedazos de eternidades, y la eternidad está en todas partes en mí, porque cuando me quedo mirando fijamente un objeto, animal, una cara de alguien conocido o no, veo, veo el final y principio del todo, y ahí entonces está ese encuentro y es mágico, fascinante el no sentir.

Es hora, hora, ya, ahorita mismo, ahorita, tengo que hacerlo, ir, ir ,ir, siempre al encuentro, ya no puedo perderme en lo superfluo de esta vida mundana, de este estar y nada más, de existir por existir, y es porque me he dado cuenta que mi cuerpo no soy yo, que mi voz no soy yo, que todos mis ademanes no soy yo, sino otra cosa, esa que encuentro en la abstracción: sustancia que se mezcla con los tiempos, con el tiempo, la existencia, y sé que la tengo, por ello me sé vivo, vivo, vivo, no más muerte; basta de creer, de engarme, sentir que esté aquí, en esta realidad donde he caído, es una vida, y no, no, no. Esa interacción con lo que contiene el mundo: espejismo, irrealidad; pura percepción, palmadita en la espalda, condescendencia; esta vida me es tan ajena, tan huida, tan fuera de mí. No, no más. Solamente me reconoceré al llegar a ese encuentro conmigo, a esa sustancia alma, energía alma, al alma, alma. ¿Dónde encontrar al alma, lo que soy, si no dentro de mí; auscultando en mis entrañas, separando órganos, hundirme en mi cuerpo interno, materia interna, orgánica forma? Orgánica forma, órganos, saquémoslos, quitémoslos, vamos, vamos. Sí. Esas entrañas no me servirán, ya no, no adonde voy, no hay utilidad de éstos en el alma, no hay peligro en vaciarme, no. Porque en el cuerpo, en el caparazón, una vez que me deshaga de lo que no será útil, allí, al fondo, el alma, mi yo, yo, yo, allí, como niño asustado, con la cabecita metida entre sus piernas para no ver, para no ver, no ver, no ver, todo lo que vieron mis ojos de hombre esclavo, de esclavo, rehén del mundo, eso no lo vio ese niño, él prefirió no levantar la vista, se negó a horrorizarse; ¿para qué quitarle la inocencia a un niño? ¿No es un acto de amor el abrazarlo, acariciar su cabello, decirle que todo estará bien, que me he encontrado? ¿Que ya no debe temer porque me he arrancado los ojos, así, podrá levantar la cabeza y ver solamente ese pedazo de eternidad en mí? ¿No sería maravilloso llegar a él en un estado totalmente ausente de materia orgánica? Transparente, blanco, blanco, blanco, pureza, sí, como un ángel, como un ser de luz, como luz, sí, luz, así, lo iluminaría con una luz llorosa por encontrarlo, por ver que he conseguido liberarme. Y luego me arrancaría la lengua para no hablar como lo hace el hombre, sino pensar; pasarle todo mi sentir por la vía del pensamiento con la cual reaccionará con un llanto de una felicidad que sólo en la sustancia alma habita. Qué maravilla.

Sí, sí, sí, sí, eso es, eso, eso. Es lo que es, es, es eso; ese niño al despegar su cabeza de entre sus piernas seré yo, en mi estado más natural, puro, sustancia alma. Y todo será sustancia en ese momento: tiempo, inteligencia y alma en un perfecto círculo que no termina nunca, el infinito anhelado, la eternidad manifiesta en esa mezcla que no para de girar y girar y girar y todo se crea y se destruye y se regenera y se vuelva destruir y se regenera infinitas veces, infinitas veces, muchas veces, eternidad de veces, futuros y pasados, pasados, pasados y también futuros en constante movimiento y el saberme allí, el saber que soy parte de las sustancias creadoras del todo me hará eterno; y entonces seré como una especie de dios creador, una pizca de dios, una partícula de dios, un dios pequeñito, un elemento necesario para el todo.

Dejaré una nota, una nota, solamente eso, unas palabras, una línea, tal vez dos, para dar testimonio de que todo es verdad, para que otros crean y se atrevan:

Fue como una revelación, un rayo atravesando las nubes, así, nada más, directo hacía mí, y en ese momento lo supe, me di cuenta de todo. Pobres, pobres, pobres de ustedes que son tan ciegos, incapaces de ver y por eso no pueden venir conmigo, pero solamente es cuestión de creer y no dudar, de hacerlo. Los espero en el todo, vamos.

Vamos, vamos, ahora, embebido en absenta, anestesiado, comienzo a quitarme el cuerpo humano, parte por parte, y me ayudo con el cuchillo que ya tenía preparado y hago cortes, cortes, cortes, mis dedos entran, sí, allá voy. Lo que emana de mi cuerpo es agua, agua cristalina, agua de manantial, agua de bautismo, y me salpico la frente con esa agua, al tiempo que dejo poco a poco de sentir el cuerpo, estado humano. Sí, sí, sí, la eternidad, allá voy. Y ya no estoy sintiendo nada, ya no, no; no siento, no siento, la abstracción la estoy consiguiendo en mi deshacer, junto a la paulatina pérdida del sentido.


Ah, estoy a punto de hallarme, alcanzar la figura del niño, puedo ver el umbral de la pérdida del conocimiento y una vez se consuma ésta, seré yo en el sentido más puro: sustancia alma. 

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles