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El traslúcido



Estoy en el Apocalipsis de mi existencia, no sé si lo dicho por mí tiene algún sentido después de tomado el noveno trago de whisky. Pienso en mi soledad, en la patética forma dominante, habitante de mundos tan personales como son los míos y de tanta gente que no me interesa. Otro trago para mitigar las hambres de compañía. Compañía directa mejor, de la indirecta estoy lleno hasta el hartazgo. La silla me soporta porque tiene el deber de tolerarme, nació silla, por mí puede joderse hasta que dé mi último aliento polvoriento que será halito de resaca cultivada durante años. Ya me siento un tanto mareado, y la maldita hambre del cuerpo aparece, ¿por qué alimentar un “cuerpo” que da pena a mares y que al mismo tiempo es incapaz de ser alimentado? Todos, no sólo el mío que es réplica de los que andan en las calles con sus falsos rostros y sin embargo se sienten originales, únicos, diferentes. Basura. Lo diferente habita en la locura, los trastornos mentales, la depresión consumada en cantidad de suicidios silenciosos, otros, los que no se dan cuenta de llevar años deprimidos, siguen sumergidos en la rutinaria vida dictada por algunos alzados que creen ser dueños de la verdad. Por cierto, tengo unas ganas de patearle la cabeza a un político, ¿preguntas quién? El que sea, todos son la misma cosa: porquería milenaria, desecho material ya señalado desde los tiempos anteriores a Cristo. Ave María Purísima.

Otro trago, qué mas da. Soy yo y nada más. La soledad no cuenta como compañía porque es inherente al ser humando: maldito ser humano, homo sapiens de mierda, aunque mi odio debería enfocarse al estúpido del neanderthal que no tuvo los suficientes arrestos para aniquilar lo que somos.
¿Qué hago en esta biblioteca sucia y polvorienta? He visto a una que otra polilla alimentándose de Wilde, y yo les digo que por qué no mejor se tragan un maldito libro de Poniatowska. ¿Qué por qué lo tengo si se me atraganta?: jugarreta de algún amigo que dejó apropósito el libro en la estantería. Mmm se me abrió más el apetito. Se antojan unos tacos de birria, ¿no? Igual mañana, no lo sé. Hace mucho tiempo no salgo de casa, apenas duro unos minutos con la cabeza asomada en la ventana de mi estudio, para tomar un breve respiro. No podría quedarme más tiempo ahí: la gente camina por la acera, los autos pasan sin cesar, uf, lo mismo, nada cambia. Hay risas, palabras, acciones de gente prescindible: intolerable para mí.

Aquí en esta casa habita una que otra persona en estado de intangibilidad. Son más tolerables, claro, mucho más mis muertos porque me respetan. Hay colados como en todos lados, mas mi gente traslucida se encarga de echarlos de inmediato porque saben el fastidio que me producen. Qué más puedo pedir si aquí tengo todo lo que necesito: mi familia esta reunida gracias a mí. En fin, es hora de ir a tomar mi siesta diaria. Si viene mi hermano a chillar –como gusta hacerlo diario- sobre su fatídica muerte y el de mis demás hermanos y padres, no le hagan caso: está loco, no se da cuenta del acto de amor, sacrificio que corrió por cuenta mía. Los veía muy tristes, como yo me veía diariamente en el espejo. No me podía permitir el verlos sufrir.
  

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles