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Las ansiedades de un hombre con hambre

Es por la ansiedad que la gente se muerde las uñas o se rasca la piel hasta sangrarse o se pellizca el lóbulo de la oreja para distraer la incertidumbre que crece en la mente de los desdichados hombres.
Yo me pongo muy nervioso, debo aceptarlo en determinadas circunstancias. Dicen que las enfermedades mentales modernas son el estrés y sus derivados. Tienen razón. Yo siempre tengo los nervios de punta, nunca sé qué pasará alrededor de mí, en la caótica ciudad llena de gente, por eso, me ha dicho el psiquiatra, es que la ansiedad no me deja, no pasa de largo. 

Otras personas comen todo lo que encuentran para aminorar los síntomas que produce la ansiedad. Engordan. Desaparecen los muebles con su cuerpo. Y no pueden luchar contra eso que los reconforta. Los entiendo. Aunque yo nunca he tenido afición por las papas fritas, la comida en la calle, el refresco, la comida rápida, no. He sido una persona sana, hasta cierto punto. 

Hace tiempo hablé con un psicoanalista y dijo que yo estaba reprimiendo algo, pero que no debía preocuparme: “para eso son las terapias, para encontrar qué es lo que está reprimiendo. Hábleme de su madre…”. Le hablé de mi madre al tiempo que usaba el segundo pañuelo para secarme las manos. Miedo. Una psicóloga hace muchos años me dijo que mi problema era que tenía miedo, miedo a todo, al entorno, entonces recordé un verso de Octavio Paz: “estoy rodeado de ciudad” y asentí. Tenía razón. Prometió que identificaríamos el problema, no volví a verla. Hace un año un médico, amigo de mi padre, me recomendó usar medicación: “no te van a quitar los pensamientos que te provocan tal estado de angustia, solo la sintomatología”. El Alprazolam me producía sueño y andaba un tanto distraído. Puede que esos síntomas hayan sido más por mi predisposición a sentirme mal. Lo dejé. El último psiquiatra que consulté recomendó que volviera a tomarlo y me recetó algo más que no recuerdo porque nunca lo compré. 

Llevo un par de meses sin salir de mi casa. Me ocurre lo que a los niños en Japón: de pronto no vuelven a salir de su cuarto y entonces los padres deben pasarles la comida por una rendija o una abertura en la puerta: el famoso Cuarto de Hikikomori. Me siento igual; sin embargo, yo ocupo todos los espacios del departamento. Cada semana, un amigo —que sentía lástima por mí seguramente— dejaba una buena despensa en la parte trasera de la casa. Nunca lo dejé entrar. No me veía ni yo a él. Hace más de diez días que no viene. Ignoro qué le pasó. No tengo teléfono. El agua me mantiene vivo. No sé por cuánto tiempo más.  

Soy obsesivo también, me paso horas ordenando las cosas, los objetos, una y otra vez, me lavo las manos cincuenta veces al día, pienso mucho en Dios y rezo, rezo mucho, todas las noches. 

Sigo sin comer y el hambre es insoportable. El estómago me duele de hambre. Los huesos me duelen de hambre. La piel me arde de hambre. Recuerdo que en la guerra del pacífico los japoneses se atrincheraron en sus bases. Las vías de suministro fueron cortadas por los estadounidenses. Entonces los japoneses empezaron a comerse a los prisioneros, vivos; es decir, les cortaban un trozo de carne —los dejaban heridos en un auténtico corral—, y luego otro y luego otro así hasta acabar con ellos, de esa forma la carne se mantenía fresca. ¡Qué maldita buena idea, ¿no?! Sí, cuando se les terminaron los prisioneros, las órdenes de los superiores fue que empezaran a comerse entre ellos, y así lo hicieron —todo sea por la supervivencia—, y era cuando se podía ver de pronto pelear a dos hombres por un brazo o por el muslo o la pantorrilla de otra persona. ¡Oh, sí! Y eso fue verdad. Dicen que en algunas partes de África hay un mercado de carne humana, hay testimonios, sí, ¡los hay! Pero de qué me asusto si muchas civilizaciones en la historia han comido carne humana. Cerebros humanos. Todavía, hace no mucho. Sí, hace no mucho. ¡Claro! Los españoles cuentan que cuando llegaron a las américas se toparon con escenas dignas de caníbales. Y qué me dicen de la película ¡Holocausto Caníbal! Dicen que fue verdad, dicen que sí, dicen que mataron gente y se la comieron, dicen, ¡dicen! No puedo más. ¡Debo hacerlo! ¡Así sobrevivieron ellos! ¡A la mierda los moralismos!

La sartén está lista, el aceite chisporrotea y se mezcla con las gotas de sangre que están escurriendo del pedazo de carne que me he cortado. ¡Bien cocida por favor!, me digo a mí mismo. ¡Sí! Me siento un poco mareado, pero es normal, porque no he comido nada en muchos días. Tengo que freír con una mano y con la otra sostenerme de la estufa porque la sangre regada hace muy resbaladizo el piso. ¡Qué buen sabor tengo!  

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