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Fuimos otros

Este cuento se publicó en la revista RD-Bitácora de vuelos: http://rdbitacoradevuelos.blogspot.mx/2016/09/cuento-fuimos-otros-juan-mireles.html

Alguna vez entendimos que el juego era algo único, que no se terminaría nunca, que siempre cabía la posibilidad de alargarse el tiempo que fuera necesario, hasta agotar la última posibilidad de vencer al otro. Así se pasaban las horas. El fin de semana se reducía a un televisor y un videojuego –casi siempre de fútbol—. Y recuerdo las derrotas: no las digerías de buena manera. A nadie le gustaba perder pero a ti un poco menos. Los domingos, por años, fueron nuestros. Era un acuerdo de palabra: ninguno de los dos podía hacer planes por su cuenta, porque había una necesidad de satisfacer la competencia que siempre estuvo en nosotros –esto ya se anunciaba desde la fotografía donde se nos podía ver a ambos al medio de la explanada de la escuela, con uniformes del equipo escolar de fútbol, erguidos militarmente, a la espera del inicio del primer partido. En esa época éramos tan niños y estábamos de alguna manera más vivos que ahora, porque aunque yo siga aquí, la vida me sabe cada vez un poco menos. Todo se ha vuelto un poco nublado, lluvioso, ¿sabes? Hay una suerte de depresión que no termina por mostrarse entera. Da visos, eso sí, de estar latente en la atmosfera: al menos ronda mis circunstancias.

Esa foto quise dársela a tu madre el último día que la vi, en la misa donde se te recordaba, a un año de tu muerte. Saludé a algunos amigos en común y familiares tuyos (tenía años de no verlos). No han cambiado mucho. Hay años que parecen haberse concentrado en uno sólo, porque parecía todo tal como lo dejaste.

De mí tu madre me recordó al poco tiempo de estar en el templo; es decir, de inicio no me reconoció —¿cuánto tiempo pasó desde la última vez? ¿Diez años de no verla?—. Las personas cambian, dicen. Yo los vi a todos iguales, y fue extraño: me hicieron sentir como si yo hubiese sido el único que había cambiado. Es posible que haya sido así. Alguna vez fuimos niños y en esa niñez yo era otro —ahora soy un tanto más callado e intuitivo, soy un decepcionado, alguien convencido de que la vida debe empezar de cero. Es la única salvación posible, porque el mundo ya no es ese espacio de posibilidades, de infinitos, que en algún tiempo pensamos. Ahora todo resulta ser una suerte de ausencia: el desahuciado que se niega a morir por pura necedad patológica.

La misa no vale la pena ni comentarla: fue un concierto de regaños por parte del padre, y lo hizo de esa manera para hacernos sentir culpables, para dar una mayor limosna. No lo consiguió. Al menos yo no di nada, tampoco Fernando —me acompañó durante todo el rato—. Por cierto,  dijo que habías dejado de ser creyente —a él le creo porque según me cuenta se veían cada quince días en la liga de fútbol donde jugaban—. ¿En qué momento dejaste el catolicismo? Yo juraba, te irías al cielo —¿qué nos separó tanto tiempo? ¿Qué perdimos en los últimos ocho años como para sólo habernos visto en dos ocasiones? ¿Por qué el abrazo al despedirte la última vez que nos vimos, si no eran nuestras formas?

A tu madre la vi bien, por si te lo preguntabas: ya con la aceptación que solo logra el tiempo, esa distancia chamánica, curativa, y para el caso, milagrosa. Aunque debo decirte, sentí la cercanía de lo lógico: el dolor ya llorado, diluido; esa manera que tiene la vida de superar los obstáculos, las pérdidas, de aquello que se va quedando en fotografías o en cuadros o en recuerdos para simplemente, en algún punto, terminar siendo un rumor fantasmagórico, algo que fue importante, un acontecimiento en idea, porque nos volvemos palabras, el recuerdo de otro que hace todo lo posible por traernos de vuelta; pero ya la voz que sale de su boca no es la nuestra, ni lo que dice sobre nosotros era realmente lo que fuimos, ni los que escuchan logran sentirnos cercanos, para ellos somos un pasado brumoso, una curiosidad, algo relatado, para hacer plática, para que la velada sea un poco más interesante, para tener un pretexto para brindar y terminarse la botella.

En fin. Volviendo al pasado de los videojuegos, a esa explosión de tecnología visual que nos deslumbró a todos, debo decir que fuimos felices, allá, en la infancia donde dejamos los mejores años. Tal vez no te acuerdes muy bien de esa época, tal vez ahora ya no puedas recordar nada y yo lo esté haciendo por ambos, tal vez es solo una visión o una sensación que pasa a ser reconfortante en cierto sentido, ¿no? Es posible. Estoy lanzando ideas, posibilidades al aire —después de todo yo qué sé acerca de la muerte. Yo no sé nada acerca de los que se aparecen en los sueños.

Es hora de irme. Tengo que seguir haciéndole al vivo. Si no vuelvo a escribirte es porque los recuerdos se van haciendo cada vez más viejos, más lejanos y no quiero adjudicarte acciones o frases que no vayan contigo. La mente es engañosa. Ya vez, en la última carta –y cada una va siendo más corta que la anterior— dije que tú ibas a misa cada fin de semana y resulta que tenías años de no aparecerte por ahí…


Por cierto, Fernando sigue estando pelón a sus veintiséis años, el champú que presumió la última vez que nos vimos los tres, no le resultó. Ya puedes burlarte de él como solías hacerlo. Yo ya lo hice. Él también no se aguantó la risa.     

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles