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Vi a una mujer desnuda



Ella me pregunta por la verdadera desnudez, en un día cualquiera, sobre una cama cualquiera…

Pienso que la verdadera desnudez está lejos del cuerpo -yo, apenas, afirmo-, y empiezo a hablar de símbolos y de signos, de cuerpos y sensaciones, de espacios...


Sus espacios abiertos, son poros, por donde van todas mis esencias, las más profundas, las más sensibles.


Es un hecho: a la palabra desnudez la confunde el cuerpo: cierto, no es en todo caso culpa de la palabra, sino del sentido: al sentido lo confunde el cuerpo. No: tu cuerpo desnudo es la máscara que hace que se equivoque el deseo. ¿Cuántas veces confundiste el impulso animal sexual, con el más alto grado de manifestación del amor? Hay fuera del cuerpo, otra cosa que tantos ojos no han visto, porque aquello, es imposible de ver. 


La profundidad de tu desnudez, la exterioridad más sublime de tu desnudez, está en tus gemidos, en tu cara desfigurada por cada uno de los signos que entran en ti, en cada una de mis caricias sobre tu cuerpo –tu éxtasis-, en las palabras ahogadas por el placer que dices sin apenas mover los labios, con tus uñas rasgando mi espalda: conjunción de ambas poéticas. 


Tu intimidad expuesta descansa en la extensión de tu orgasmo, allí, en esa comunión de elementos sensibles, puedo verte como yo quiero, mas ahí también, muchos te han visto como nunca quise, aun sin conocerte, que te vieran.


No es tu pasado, es porque tú conjuntas los tiempos.

No es machismo, es amor. 


En este tu descanso más claro y suave, me has dicho como aquella que lo ha vivido todo, con tus mejillas rosadas palpitantes, con tus labios húmedos, y con una gota de mi sudor cayendo por en medio de tus pechos, que yo he visto el resplandor de tu desnudez como ningún otro, que aquellos, no saben que te vieron completamente desnuda.


Y eso, amor, es suficiente, para olvidar por un momento, a mis fantasmas.

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Pasen la voz.
Febrero 2018.


Juan Mireles